En uno de sus cajones, mi madre guarda un álbum al que llamó: “Recuerdos”.
Ahí hay un recorte de periódico, fechado el jueves 6 de mayo de 1965: un grupo de teatro de la Compañía Nacional de “Toño” Pérez. Mi madre aparece en la primera fila, sentada, como la tercera persona de izquierda a derecha. Lleva un vestido oscuro y tiene una postura serena, con las manos apoyadas sobre sus piernas. Su expresión es tranquila, pero hay algo en su mirada que transmite presencia, como si ya habitara el escenario incluso fuera de él.
Rodeada por sus compañeros de la compañía, forma parte de ese grupo que, más allá de la fotografía, representa un momento lleno de significado en su vida.
Ese recorte hace parte de un momento —imagino que breve— de su vida, en el que actuaba como María Magdalena en la obra El mártir del Calvario. Pero no fue su único papel; sus ojos se llenan de alegría al recordar otros personajes que también interpretó.
He intentado buscar información, pero no aparece nada más. Solo ese fragmento que aún permanece con ella, como si fuera suficiente para sostener toda una historia.
Con el teatro, esa experiencia quedó en la década de los 60. No pudo continuar por decisión de su madre —mi abuela— y, en ese momento, no era algo que pudiera cuestionarse.
Después, su vida tomó otros caminos. Trabajó durante muchos años como auxiliar de rayos X en odontología y, de alguna manera, el arte siguió presente: hizo parte del coro de su empresa y lo mantuvo incluso un tiempo después de su jubilación.
A veces pienso en eso.
En cómo hay partes de la vida que se quedan suspendidas, no porque desaparezcan, sino porque no encontraron el espacio para continuar.
En mi familia materna, el arte ha estado presente. Y tal vez por eso, sin darme cuenta del todo, he buscado formas de volver a él.
Y es ahí donde algo empieza a tener sentido.
Porque el arte no es solo algo que se hace.
También es algo que nos pasa.
Desde la psicología, se entiende que el arte puede funcionar como un lenguaje cuando las palabras no alcanzan. Nos permite expresar emociones difíciles, externalizarlas y mirarlas con cierta distancia. Este proceso no solo ayuda a comprender lo que sentimos, sino que también contribuye a regular el estrés, disminuir la ansiedad y reorganizar nuestra experiencia interna.
Crear activa procesos de regulación emocional, integración de la experiencia y reconstrucción del sentido personal. Incluso, desde la neurociencia, se ha encontrado que el arte facilita el acceso a memorias emocionales y no verbales, permitiendo procesarlas de una manera más segura.
Quizás por eso algunas partes no desaparecen del todo.
Porque lo que no se expresa, de alguna forma, permanece.
Llegamos a creer que después de cierta edad ya no tenemos la posibilidad de hacer algo diferente. Sin embargo, hay historias que nos muestran lo contrario.
El actor Morgan Freeman no fue reconocido mundialmente sino hasta después de los 50 años.
Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad a los 40, una obra que transformó su vida y la literatura. María Villa comenzó su camino artístico en una etapa más avanzada, desarrollando una obra profundamente conectada con la emoción, la intuición y la exploración interna. Y la lista puede seguir.
Historias distintas, tiempos distintos… pero algo en común:
el arte no desaparece; a veces solo se queda esperando el momento en que pueda volver a aparecer.
Tal vez no se trata de recuperar lo que no fue,
ni de preguntarnos qué habría pasado.
Tal vez se trata de algo más simple —y más difícil—:
darnos permiso.
Permiso para sentir,
para crear,
para volver, incluso si es tarde, incluso si es distinto.
Porque quizás el arte no insiste en lo que fuimos,
sino en lo que todavía, en silencio,
sigue pidiendo ser.
Una pequeña tarea:
Piensa en algo que alguna vez te gustó hacer y que, por alguna razón, dejaste.
No tiene que ser grande.
No tiene que ser perfecto.
Solo date 15 minutos para volver ahí: escribe, dibuja, canta, actúa… lo que sea que te acerque a eso.
Mientras lo haces, no te juzgues.
Solo observa.
Y al terminar, pregúntate:
¿Qué emoción apareció?
¿Qué necesitaba ser expresado?

Me conecto con este parrafo: ..”cómo hay partes de la vida que se quedan suspendidas, no porque desaparezcan, sino porque no encontraron el espacio para continuar”.
ResponderBorrarQue bueno que podamos dar continuidad a lo que se queda suspendido para esperar el momento justo para continuar.
Gracias por este texto!